No me acuerdo muy bien de la parte incómoda, pero sí de la terrorífica. La parte incómoda comienza cuando me encuentro en quién sabe qué podrido lugar con unos amigos. Luego el escenario cambia debido a que hay conflicto entre esos amigos y yo. Hasta aquí nada parece raro, porque voy y me siento en el sillón en el que he estado casi las veinticuatro horas al día durante dos años aproximadamente. Sí, ese sillón ya tiene marcada la placa de mi culo para moldear el bronce.
Mis bromas son de lo más hilarantes, lo sé.
El punto es que después noto pequeños huevecillos sobre la cortina -con la ventana abierta haciendo que ondulara directamente hacia mi cabeza-; y alrededor de las hojas en las que me encontraba "trabajando", volaban cinco o seis bichos oscuros. Mi hermano entra a la habitación y me pregunta qué pasa. Le respondo que no sé y él señala alarmado mi cara. De pronto siento comezón en todo el cuerpo y corro a un espejo. Observo y siento mi cara llena de pequeños granos rojos. Son millones, el porte me asusta.
Me despierto y toco mi cara. No hay nada, por ahora, pero por alguna extraña razón sé que está latente el virus en alguna parte; en algún rincón, quizá bajo esa porción de sillón sumido, o entre alguna hoja de algún cuaderno malgastado.
Con la calma.
¿Quién puede estar calmado cuando va contra el reloj, sabiendo que su vida puede contarse?
Son contados.
No le alcanzo al tiempo y ya. Perdón por los inconvenientes que conlleva un hombre que no sabe ni siquiera ser. Mis únicos amigos deberían ser esos bichos peludos y gigantes, pero aún me dan miedo.